La Asociación de Mujeres Profesionales por la Integración y la Igualdad, AMPI, institución sin ánimo de lucro, surge con el propósito de promover el empoderamiento, liderazgo e inserción laboral de las mujeres profesionales. AMPI brinda especial atención al colectivo de mujeres profesionales de origen extranjero residentes en España, buscando favorecer su participación en condiciones de igualdad y siempre desde una perspectiva de género.
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martes, 30 de septiembre de 2014
Estudio: El reto de la diversidad para las empresas de inserción vascas. El empleo de inmigrantes y mujeres
La sociedad globalizada en la que vivimos genera fuertes contradicciones y las oportunidades laborales que ofrece a los colectivos de inmigrantes y a las mujeres no son las mismas si las comparamos con la que disfruta la población activa autóctona y masculina. La necesidad de brindar apoyos particulares que palíen esta situación y el análisis de lo que se ha venido realizando hasta ahora en este campo es el punto de partida de El reto de la diversidad para las empresas de inserción vascas. El empleo de inmigrantes y mujeres. En sus páginas, María Esther Aretxabala y María Luisa Setién han fijado su atención en las soluciones articuladas desde el sector de la Economía Social y Solidaria a través de las Empresas de Inserción vascas, como vehículos que apuestan decididamente por la inclusión activa de los colectivos en dificultades sociales tanto de inmigrantes internacionales como de mujeres residentes en la CAPV que sufren situaciones de desventaja social.
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domingo, 16 de junio de 2013
La inmigración y el lenguaje
*Tomado del diario El País. 16 junio de 2013.
Por: Tomás Declós Juanola
El diario combate la xenofobia y defiende los derechos humanos de las personas inmigrantes. Sin embargo, mensajes de los lectores reprochan el empleo de términos que consideran inadecuados para definir a este colectivo, particularmente cuando han adquirido la nacionalidad o han nacido en España. Sin caer en paráfrasis ilegibles para cumplir con postulados políticamente correctos que nunca reciben un consenso claro por quienes postulan distintas alternativas léxicas, sí resulta necesario reflexionar sobre el empleo de determinadas expresiones como “inmigrantes de segunda generación”, “sin papeles”, “extranjeros con doble nacionalidad”…
No se trata de un debate nuevo. En abril, la agencia AP corregía su Guía de estilo y prohibía la expresión “inmigrante ilegal”. Ilegal, argumentaba su responsable, es una acción, jamás una persona. Tampoco se aceptaba como sustituto “indocumentado”. El diario Los Ángeles Times también introducía correcciones en su manual de estilo en mayo para insistir en que no debe usarse la expresión “inmigrantes ilegales” y que la alternativa sugerida en 1995 de “inmigrantes indocumentados” se consideraba ahora imprecisa porque muchos de ellos tienen algún tipo de documento, aunque carezcan de visado. USA Today seguía la senda de AP y notificaba a la redacción en abril la prohibición del citado término, pero, a diferencia de la citada agencia, aceptaba el empleo de “inmigrante indocumentado”. En este baile de terminología faltaba The New York Times. Su defensora del lector, el año pasado, apoyó el uso del término “inmigrante ilegal” porque lo encontraba claro, preciso y fácil de entender. A finales de abril de este año y tras recibir una petición firmada por 70.000 personas para que cambiara de criterio, el diario persistió con matices en su posición. En un comunicado explicaba que continuaría permitiendo la citada expresión para definir a quien entre, viva o trabaje en EE UU sin autorización legal, aunque animaba a los redactores a considerar alternativas cuando se tratara de explicar las específicas circunstancias de una persona. En el mensaje editorial, el diario afirmaba que los defensores de una posición en este debate reclaman a las organizaciones periodísticas “únicamente emplear los términos que ellos prefieren” y aseguraba que “no es tarea nuestra tomar partido”. El Libro de estilo de EL PAÍS hace años que proscribió el uso de “inmigrante ilegal” y propone “inmigrantes indocumentados” o “en situación ilegal”. De hecho se han instalado otras fórmulas como la expresión “sin papeles” que, cuando se emplea sin sujeto, algunos lectores consideran despectiva. El Libro de estilo de Canal Sur, por ejemplo, aconseja no incorporar como rutina esta expresión. Con todo, se trata de una manera aceptable de eludir la connotación delictiva que va asociada a términos como “ilegal”, primando una circunstancia administrativa.
Uno de los conceptos criticados es el de “inmigrante de segunda generación”. Lo hace, por ejemplo, Nur Farah. “La propia expresión es incorrecta: los hijos y nietos de inmigrantes no son inmigrantes de segunda generación o tercera generación. No han inmigrado desde ninguna parte”. Su comentario, a propósito de una crónica, llegaba poco después de que el diario publicara un trabajo sociológico cuyo título es Estudio longitudinal de la segunda generación y que se resumió en el titular como “El 50% de inmigrantes de segunda generación se siente español”. Rosa Aparicio, socióloga del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset y una de las autoras de la encuesta, afirma que personalmente nunca emplea esta expresión para referirse a hijos de inmigrantes nacidos o llegados al país en edad muy temprana. “Prefiero la expresión “hijos de inmigrantes”, aunque para distinguir a los que se han socializado en el país donde han nacido o llegaron de niños y se han socializado en él me parece también adecuado utilizar “jóvenes de segunda generación” o, simplemente, “segunda generación”. La expresión sobre la que me pregunta implica un estigma porque mantiene su condición de inmigrantes y no es la idea que transmite “segunda generación”, que se usa según el concepto orteguiano de generación, en el sentido de cambio”. Con respecto a otras expresiones, Aparicio admite que se pueden discutir. “Las expresiones “sin papeles” o “irregulares” no son despectivas y precisamente se han adoptado para evitar otros términos como el de “ilegal” que sí resulta despectivo y que además es impreciso. El término “sin papeles” también es una imprecisión, pero es tolerable porque, si no, al final, no habría forma de nombrar. Está claro que no es lo mismo irregular que ilegal. “Sin papeles” es más amplio porque puede abarcar a los refugiados que, jurídicamente, es una figura distinta”.
Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho e investigador del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia, es partidario de evitar incluso el concepto de segunda generación, aunque admite que es difícil oponerse a una descripción sociológica que se refiere a hijos de inmigrantes e intenta explicar sus problemas. “El concepto de inmigrante es un constructo. La única paráfrasis admisible es “hijo de inmigrante” para evitar el riesgo que conlleva hablar de segunda generación. Todos en alguna generación somos inmigrantes. Inmigrante es quien se desplaza y llega”. Igualmente encuentra inadmisible la expresión “extranjero con doble nacionalidad”, cuyo uso han criticado algunos lectores, porque, obviamente, si tiene la nacionalidad española no es un extranjero. “Usar este término es una manera de mantenerlo separado, sin reconocer su integración plenamente. Se trata de personas con doble ciudadanía o nacionalidad”. Un problema distinto plantean, a juicio de Javier de Lucas, otros términos para los que, en varios casos, admite, no tiene una solución definitiva. Como alternativa a “ilegal” existe, a su juicio, la expresión “en situación ilegal”, “es menos incorrecta porque una persona no es ilegal, lo es su situación”, pero las personas leen inmediatamente “ilegal”. Aun reconociendo problemas prefiero la expresión “irregular” que evita connotar al inmigrante como un delincuente, aunque también molesta a mucha gente. Un problema distinto es el de “sin papeles”, a la que achaca una falta de finura porque únicamente cubre los supuestos de indocumentados absolutos. “Quien, por ejemplo, ha perdido su trabajo y le han retirado el permiso de residencia, en sentido estricto, no es un ‘sin papeles’, aunque en el colmo del retorcimiento del derecho puede ser que su único papel sea la orden de expulsión”.
Para Javier de Lucas este tipo de debates no deben confundirse con rodeos buscando lo políticamente correcto. “Lo significativo no es alcanzar la neutralidad del lenguaje sino procurar utilizar términos que describan con precisión situaciones jurídicas y sociales. No se trata de alimentar el maquillaje lingüístico. Integración y asimilación, por ejemplo, son dos conceptos distintos”. Y para explicar la dificultad de evitar cualquier contaminación semántica, subraya cómo el propio término de “inmigrante” se aplica popularmente a quien, además de serlo, carece de recursos económicos. Un alto ejecutivo que ha venido a trabajar a España nunca será visto como inmigrante, “como tampoco piensa nadie en el futbolista Neymar como en un inmigrante”.
Conceptos como inmigrantes de segunda generación o extranjeros con doble nacionalidad no son, pues, aceptables porque resultan excluyentes, resaltando falsamente su no pertenencia a una comunidad. Como planteó el sociólogo Iñaki García: “¿Cuánto tiempo ha de residirse en un país para dejar de ser visto como un inmigrante? (…) Seguir llamando “inmigrantes” a personas territorialmente asentadas resulta abusivo, pues supone definir su condición social a partir de una acción, la de inmigrar, que puede haber sucedido hace años” y supone atribuir una identidad socialmente estigmatizada.
Por: Tomás Declós Juanola
El diario combate la xenofobia y defiende los derechos humanos de las personas inmigrantes. Sin embargo, mensajes de los lectores reprochan el empleo de términos que consideran inadecuados para definir a este colectivo, particularmente cuando han adquirido la nacionalidad o han nacido en España. Sin caer en paráfrasis ilegibles para cumplir con postulados políticamente correctos que nunca reciben un consenso claro por quienes postulan distintas alternativas léxicas, sí resulta necesario reflexionar sobre el empleo de determinadas expresiones como “inmigrantes de segunda generación”, “sin papeles”, “extranjeros con doble nacionalidad”…
No se trata de un debate nuevo. En abril, la agencia AP corregía su Guía de estilo y prohibía la expresión “inmigrante ilegal”. Ilegal, argumentaba su responsable, es una acción, jamás una persona. Tampoco se aceptaba como sustituto “indocumentado”. El diario Los Ángeles Times también introducía correcciones en su manual de estilo en mayo para insistir en que no debe usarse la expresión “inmigrantes ilegales” y que la alternativa sugerida en 1995 de “inmigrantes indocumentados” se consideraba ahora imprecisa porque muchos de ellos tienen algún tipo de documento, aunque carezcan de visado. USA Today seguía la senda de AP y notificaba a la redacción en abril la prohibición del citado término, pero, a diferencia de la citada agencia, aceptaba el empleo de “inmigrante indocumentado”. En este baile de terminología faltaba The New York Times. Su defensora del lector, el año pasado, apoyó el uso del término “inmigrante ilegal” porque lo encontraba claro, preciso y fácil de entender. A finales de abril de este año y tras recibir una petición firmada por 70.000 personas para que cambiara de criterio, el diario persistió con matices en su posición. En un comunicado explicaba que continuaría permitiendo la citada expresión para definir a quien entre, viva o trabaje en EE UU sin autorización legal, aunque animaba a los redactores a considerar alternativas cuando se tratara de explicar las específicas circunstancias de una persona. En el mensaje editorial, el diario afirmaba que los defensores de una posición en este debate reclaman a las organizaciones periodísticas “únicamente emplear los términos que ellos prefieren” y aseguraba que “no es tarea nuestra tomar partido”. El Libro de estilo de EL PAÍS hace años que proscribió el uso de “inmigrante ilegal” y propone “inmigrantes indocumentados” o “en situación ilegal”. De hecho se han instalado otras fórmulas como la expresión “sin papeles” que, cuando se emplea sin sujeto, algunos lectores consideran despectiva. El Libro de estilo de Canal Sur, por ejemplo, aconseja no incorporar como rutina esta expresión. Con todo, se trata de una manera aceptable de eludir la connotación delictiva que va asociada a términos como “ilegal”, primando una circunstancia administrativa.
Uno de los conceptos criticados es el de “inmigrante de segunda generación”. Lo hace, por ejemplo, Nur Farah. “La propia expresión es incorrecta: los hijos y nietos de inmigrantes no son inmigrantes de segunda generación o tercera generación. No han inmigrado desde ninguna parte”. Su comentario, a propósito de una crónica, llegaba poco después de que el diario publicara un trabajo sociológico cuyo título es Estudio longitudinal de la segunda generación y que se resumió en el titular como “El 50% de inmigrantes de segunda generación se siente español”. Rosa Aparicio, socióloga del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset y una de las autoras de la encuesta, afirma que personalmente nunca emplea esta expresión para referirse a hijos de inmigrantes nacidos o llegados al país en edad muy temprana. “Prefiero la expresión “hijos de inmigrantes”, aunque para distinguir a los que se han socializado en el país donde han nacido o llegaron de niños y se han socializado en él me parece también adecuado utilizar “jóvenes de segunda generación” o, simplemente, “segunda generación”. La expresión sobre la que me pregunta implica un estigma porque mantiene su condición de inmigrantes y no es la idea que transmite “segunda generación”, que se usa según el concepto orteguiano de generación, en el sentido de cambio”. Con respecto a otras expresiones, Aparicio admite que se pueden discutir. “Las expresiones “sin papeles” o “irregulares” no son despectivas y precisamente se han adoptado para evitar otros términos como el de “ilegal” que sí resulta despectivo y que además es impreciso. El término “sin papeles” también es una imprecisión, pero es tolerable porque, si no, al final, no habría forma de nombrar. Está claro que no es lo mismo irregular que ilegal. “Sin papeles” es más amplio porque puede abarcar a los refugiados que, jurídicamente, es una figura distinta”.
“¿Cuánto tiempo ha de residirse en un país para dejar de ser visto como
un inmigrante? (…) Seguir llamando “inmigrantes” a personas
territorialmente asentadas resulta abusivo, pues supone definir su
condición social a partir de una acción, la de inmigrar, que puede haber
sucedido hace años”
Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho e investigador del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de Valencia, es partidario de evitar incluso el concepto de segunda generación, aunque admite que es difícil oponerse a una descripción sociológica que se refiere a hijos de inmigrantes e intenta explicar sus problemas. “El concepto de inmigrante es un constructo. La única paráfrasis admisible es “hijo de inmigrante” para evitar el riesgo que conlleva hablar de segunda generación. Todos en alguna generación somos inmigrantes. Inmigrante es quien se desplaza y llega”. Igualmente encuentra inadmisible la expresión “extranjero con doble nacionalidad”, cuyo uso han criticado algunos lectores, porque, obviamente, si tiene la nacionalidad española no es un extranjero. “Usar este término es una manera de mantenerlo separado, sin reconocer su integración plenamente. Se trata de personas con doble ciudadanía o nacionalidad”. Un problema distinto plantean, a juicio de Javier de Lucas, otros términos para los que, en varios casos, admite, no tiene una solución definitiva. Como alternativa a “ilegal” existe, a su juicio, la expresión “en situación ilegal”, “es menos incorrecta porque una persona no es ilegal, lo es su situación”, pero las personas leen inmediatamente “ilegal”. Aun reconociendo problemas prefiero la expresión “irregular” que evita connotar al inmigrante como un delincuente, aunque también molesta a mucha gente. Un problema distinto es el de “sin papeles”, a la que achaca una falta de finura porque únicamente cubre los supuestos de indocumentados absolutos. “Quien, por ejemplo, ha perdido su trabajo y le han retirado el permiso de residencia, en sentido estricto, no es un ‘sin papeles’, aunque en el colmo del retorcimiento del derecho puede ser que su único papel sea la orden de expulsión”.
Para Javier de Lucas este tipo de debates no deben confundirse con rodeos buscando lo políticamente correcto. “Lo significativo no es alcanzar la neutralidad del lenguaje sino procurar utilizar términos que describan con precisión situaciones jurídicas y sociales. No se trata de alimentar el maquillaje lingüístico. Integración y asimilación, por ejemplo, son dos conceptos distintos”. Y para explicar la dificultad de evitar cualquier contaminación semántica, subraya cómo el propio término de “inmigrante” se aplica popularmente a quien, además de serlo, carece de recursos económicos. Un alto ejecutivo que ha venido a trabajar a España nunca será visto como inmigrante, “como tampoco piensa nadie en el futbolista Neymar como en un inmigrante”.
Conceptos como inmigrantes de segunda generación o extranjeros con doble nacionalidad no son, pues, aceptables porque resultan excluyentes, resaltando falsamente su no pertenencia a una comunidad. Como planteó el sociólogo Iñaki García: “¿Cuánto tiempo ha de residirse en un país para dejar de ser visto como un inmigrante? (…) Seguir llamando “inmigrantes” a personas territorialmente asentadas resulta abusivo, pues supone definir su condición social a partir de una acción, la de inmigrar, que puede haber sucedido hace años” y supone atribuir una identidad socialmente estigmatizada.
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jueves, 5 de julio de 2012
Estudio sobre los migrantes latinoamericanos en Madrid
El flujo migratorio de América Latina es parte del boom de la inmigración que España sufrió durante la última década del siglo veinte con una proporción más alta de Madrid, en comparación con otras regiones. Algunos de estos migrantes son titulados universitarios en su país de origen y con experiencia laboral. Sin embargo, la mayoría de ellos ocupan empleos no cualificados o poco calificados, con algunas diferencias según el país de origen. Esta clasificación hacia abajo, que no se reconoce, es totalmente ignorada por las políticas gubernamentales. Sin embargo, las personas afectadas por las dificultades para obtener el reconocimiento de sus títulos han adoptado una variedad de estrategias individuales para evitar trabajos no cualificados. Las estructuras de los grupos también han aparecido para ayudar a aumentar el conocimiento de la existencia de estos trabajadores calificados y para fortalecer su caso. ¿Qué tipo de agrupaciones? ¿Cuáles son las posibilidades de éxito?. Este es el tema que abora el estudio "Los migrantes latinoamericanos en Madrid: estrategias para el reconocimiento profesional?", de la investigadora Sylvie Koller. Acceda en este enlace al artículo completo sobre la investigación
http://alhim.revues.org/index4023.html
http://alhim.revues.org/index4023.html
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